¿Cómo Freud pensaba el inconsciente? VI

LAS FANTASÍAS INCONSCIENTES Y LAS NEUROSIS.

Una vez descubierto el hecho de que los traumas de la edad adulta son causas desencadenantes, pero no originarias, Freud se dedicó a estudiar factores que predisponen a ciertos sujetos a reaccionar con una neurosis frente a tales situaciones afectivas agudas, mientras que otros sólo sufren una reacción transitoria y normal.

Con esto el psicoanálisis llegó a ser una escrutación detallada de toda la personalidad del paciente y de sus adaptaciones sociales, profesionales y sexuales, dejando de prestar preferencia a la exploración y al tratamiento de los síntomas aislados. Ello significa la visión del desarrollo total del enfermo, especialmente de aquellas primeras experiencias cuyo descubrimiento por medio de la asociación libre tropieza con la más enconada resistencia de la mentalidad consciente.

Freud comprobó que los deseos inconscientes no sólo producen síntomas, sino que también afectan -en forma menos patente, pero no menos decisiva- todas las posibilidades de éxito y felicidad del sujeto. En efecto, cierto síntoma histérico, por ejemplo, no resultaba ser sino una de las expresiones de un problema global que impedía a la enferma aprovechar las oportunidades de casarse y de tener hijos. Una obsesión demostraba ser la manifestación superficial de un problema inconsciente que imposibilita a un hombre para realizar su trabajo con eficacia y para poner en práctica todas sus capacidades profesionales. Eliminando estos problemas fundamentales, desaparecían automáticamente los síntomas manifiestos, pero si sólo se aliviase de estos, ¿qué importancia podría tener tal mejoría para la vida entera del paciente?. Según lo demostró la experiencia del psicoanálisis, semejante “curación” tiene menos valor que una bolsa de hielo aplicada para aliviar un dolor abdominal, sin atender a su origen etiológico apendicular. Por eso el principal interés que presentan los síntomas manifiestos para los psicoanalistas modernos reside en que indican la presencia de un problema inconsciente fundamental.

Al principio Freud, se inclino a revisar las conclusiones alcanzadas en colaboración de Breuer, afirmando que los traumas del adulto son las causas secundarias de la neurosis, y que los traumas infantiles son sus causas primitivas. en el análisis, los pacientes solían comunicarle la aparición de vividos recuerdos, previamente olvidados, de los tres o cuatro primeros años de vid, tratándose en especial de episodios de seducción por adultos. A primera vista, parecía estar justificada la insólita conclusión de que estas seducciones precoces serían las causas primitivas de la mayoría de las neurosis del adulto, dado el enorme despliegue afectivo que acompañaba tales revelaciones inesperadas en el análisis, amén de múltiples detalles que demostraban la relación de estos sucesos con las experiencias de adulto, y teniendo en cuenta también la constancia con que aparecían en los análisis de neuróticos. Sin embargo, según pudo descubrir Freud al progresar en su labor, era tan numerosos los pacientes que comunicaban idénticos “recuerdos” convincentes, precoces y aparentemente traumáticos, que resultaba muy improbable aceptar la posibilidad de que tantos sujetos distintos sufrieran, todos, las mismas experiencias. Enfrentado con este dilema, durante un tiempo Freud se sintió muy inclinado a renunciar a todas sus conclusiones previas, pero, pese a todo, las pruebas positivas de que existía alguna relación etiológica entre las relaciones de los pacientes y sus neurosis eran demasiado abrumadoras como para ser descartadas.

psicoanálisis Ciudad de México
psicoanálisis Ciudad de México

 

Dió por fin con una explicación de esta aparente paradoja, que ha sido confirmada por todas las investigaciones ulteriores. Aun cuando no hubiesen ocurrido realmente los sucesos exteriores comunicados como recuerdos, debía aceptarse, como hecho en sí, que tales falsos recuerdos aparecían en los pacientes. Aunque pareciera muy inverosímil que ciertas situaciones exteriores hubiesen ocurrido, en efecto, con la frecuencia con que eran comunicadas, la posibilidad de que todos los niños tengan disposición a imaginar sucesos similares resultaba tan aceptable como el hecho de que los mitos de las razas más apartadas acusen muchas similitudes entre si. Tal como los psicóticos adultos tienen delirios que, para ellos, poseen pleno valor de realidad, así también la imaginación del niño pequeño está dominada por una convincente equivalencia con la experiencia real. Lo reprimido no siempre es un suceso real, sino que también puede ser una fantasía; pero cuando tal fantasía reaparece en psicoanálisis, vuelve a manifestar aquella indudable similitud con la experiencia real que poseyera otrora, en la infancia. Sin embargo, ello no excluye la posibilidad de que, en muchos casos, los traumas infantiles hayan desempeñado efectivamente un considerable papel, ni implica que ninguno de los sucesos infantiles comunicados haya ocurrido en realidad. Por el contrario, hay sólidas pruebas que así lo demuestran. Pero hecho esencial es el de que las fantasías infantiles reprimidas pueden ejercer sobre la personalidad adulta el mismo efecto dinámico y continuo que las experiencias reales.

Esta concepción es tan fundamental, no sólo en el psicoanálisis, sino en todos los demás sectores médicos, que su importancia sólo es superada por la del reconocimiento del inconsciente. marca el punto en que divergen los hombres de ciencia con mentalidad psicológica, de aquellos que insisten en negar validez objetiva a todo aserto que no tenga justificación exterior. En efecto, este principio no se aplica tan sólo a la represión infantil, sino a todos los detalles de la experiencia psicológica que hayan sido deformados subjetivamente.